Local Provincial

La disyuntiva

La realidad política morigera las aspiraciones de Sáenz
Por Franco Hessling

Hace algunos meses casi nadie se atrevía a pensar que el gobernador de Salta, a partir de finales del año que viene, podría ser otro que Gustavo Ruberto Sáenz. Este venía de años brillantes tras su tropiezo en 2013, cuando no sólo fue ninguneado dentro del peronismo local -que lo resignó a seguir compitiendo por cargos domésticos después de prometerle que competiría por la diputación nacional-, sino que tampoco pudo sostener la banca que tenía en el Senado de la Provincia. Su llegada a la intendencia, la candidatura a vicepresidente del Frente Renovador y los diálogos fluidos con Rogelio Frigerio parecían factores suficientes para dar por hecho que el candidato a vencer era el jefe comunal de la capital provincial. Si las elecciones fueran mañana, no obstante, nada garantizaría que Ruberto Sáenz llegara a quedarse con el cargo que Juan Urtubey dejará vacante en diciembre de 2019. Las encuestas son menos contundentes que hace un tiempo atrás, asoman otros nombres como Miguel Ángel Isa, Javier David, Alfredo Olmedo y hasta el actual jefe de Gabinete, Fernando Yarade.

Los primeros años de gobierno en la capital dependieron, por un lado, de los fondos que Nación envió para que se ejecutaran obras, y por otro, del carisma barrial de Ruberto Sáenz. Esto último, todavía su más destacado elemento a favor, también viene perdiendo vigor por el grado de desgaste que implica una función ejecutiva, posición que hasta el momento nunca le había tocado ocupar. Pero no demoremos el análisis en el aspecto subjetivo de intentar cuantificar la influencia del liderazgo popular que tiene el hombre de baja estatura que solía deleitar vecinas y vecinos con sus entonaciones folklóricas.

Las relaciones con el gobierno de la Alianza Cambiemos empezaron en 2015 de la mejor manera, al punto tal que el salteño era la carta del oficialismo para llegar a la conducción de la Federación Argentina de Municipios, que terminó quedando en manos de Verónica Maggario, de La Matanza. El nexo con la Casa Rosada, como se dijo, siempre fue Rogelio Frigerio, que al estar en un ministerio estratégico en cuanto a volúmenes presupuestarios, pudo prometer miles de millones de pesos para obras a ejecutarse en Salta. Así fue como Ruberto Sáenz, en los primeros meses de su administración al frente de la comuna, prometió subsanar los problemas fluviales para combatir las inundaciones y un proyecto para reparar calles y soterrar cables, entre otras cosas, que se presentó como Plan Área Centro (en el que se incluye, como una de sus ocho etapas, el Corredor de la Fe).

Los primeros fondos llegaron y se inició la efectuación de las promesas, exageradas al presentarlas como aquellas políticas que se hacían en Salta por primera vez en décadas, como si Ruberto Sáenz y su equipo hubieran sido los primeros iluminados/as en pensar esos ajustes infraestructurales. Los problemas al respecto se iniciaron este año, cuando las inconsistencias en el Corredor de la Fe, desde las tareas en sí hasta la calidad de los materiales pasando por la poca transparencia en las adjudicaciones, causaron que Frigerio suspendiera el envío directo de fondos. También tuvo que ver el gobernador, Juan Urtubey, y sus propias negociaciones con el oficialismo nacional, que entendió que sólo fogoneando al mandatario salteño mantendría viva la chance de que el peronismo no se reagrupase bajo la égida de Cristina Fernández (CFK).

Al mismo tiempo, el rumbo económico del país inició su declive más pronunciado desde que la timba financiera se impuso como preferencia de las clases dominantes, dejando de lado la corrupción en la obra pública que había caracterizado las conculcaciones del gobierno kirchnerista. Se conjugaron la fuga de reservas, la megadevaluación de la moneda y el congelamiento del mercado interno, aspectos que la economía K había controlado por su sentido redistributivo más inclusivo, desembocando en ajustes incluso para quienes habían sido agraciados en los primeros meses como los dirigentes protegidos por el oficialismo, tal el caso del intendente salteño. El acuerdo con el FMI que selló Cambiemos, en definitiva, fue perjudicial hasta para los que, en las postrimerías de CFK en la presidencia, pedían “volver al mundo”, refiriéndose a ese bloque de capitales internacionales con los que el kirchnerismo había roto relación.

Ante esa situación, privado de fondos y desangelado políticamente, Ruberto Sáenz inició una obvia estrategia de distanciamiento con respecto a Cambiemos. Desde Twitter y por medio de declaraciones mediáticas, el intendente inició leves críticas a la conducción nacional del espacio que, en 2017 y sin ser candidato, él representó en Salta. Algunos de sus funcionarios fueron más allá en la estrategia de posicionamiento, como Luis María García Salado, quien se ocupó de aclarar que el jefe comunal perfectamente podría arribar a un acuerdo político con Urtubey, reinsertándose en el peronismo que abandonó después de 2013. Aunque quienes conocen más de cerca la liviandad ética de los dirigentes políticos de los partidos de gobierno, peronistas, radicales o gorilas, saben que esos acuerdos podrían haberse dado aun sin que Ruberto Sáenz se distanciara del macrismo.

No obstante, maticemos. Desde que el intendente capitalino reconfiguró sus posiciones ante el Gobierno nacional, fundamentalmente dolido por la priorización que el propio Frigerio hizo de Urtubey -que se tradujo en fondos y en respaldo político-, las líneas internas de lo que generosamente llamaremos el “saenzismo”, empezaron a tensionarse. Ya no es tan claro que lo lógico sea pelear por la gobernación. Esos atirantamientos obedecen también al decaimiento en las encuestas y a que ya no se avizore tan llano el camino hacia la Casa de Gobierno de Grand Bourg. Hace un año, todos y todas quienes tenían aspiraciones a la gobernación se veían obligados a negociar o confrontar abiertamente con el excandidato a vicepresidente, esa situación no cambió, aunque sí la relación de fuerzas con la que se esperaba que él escuchase las ofertas de alianza.

Por eso, las internas del saenzismo por estos días se desenvuelven porque algunas líneas, entre las que fuentes de Cuarto Poder mencionan a Pablo Outes, estarían sugiriendo que la mejor decisión para el año próximo sería retener la intendencia antes que aventurarse por la gobernación. No obstante, otros sectores, por ejemplo el de Matías “Opusdeiman” Cánepa, presidente del Concejo Deliberante y superhéroe de las fracciones más oscurantistas del catolicismo, no concuerdan con esa idea. Claro, Cánepa tiene sus propios planes para suceder a Ruberto Sáenz en la administración municipal. Otros apellidos de su entorno, como Nicolás Demitrópulos o Ricardo Villada, fungen de consejeros y sostenes emocionales antes que de analistas políticos con tino o vuelo propio.

Si Ruberto Sáenz finalmente decidiera volver a competir por la intendencia, no sólo debería moderar las ínfulas de Opusdeiman Cánepa, también deberá sortear nuevas internas que podrían presentarse en el camino, como las aspiraciones de Bettina Romero, más dispuesta a ocupar cargos de gobierno que escaños legislativos, tal como ocurre ahora que es diputada provincial. Es decir, independientemente de lo que finalmente decida el intendente, si buscar la reelección o competir por la gobernación, ningún derrotero será tan sencillo como supuso su entorno hace un año atrás. El mal de los ganadores precoces.

Fuente: Cuarto Poder

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