Provincial SP

Ex prócer

Juan José Esteban, el ministro salteño que se destruyó a sí mismo, por Daniel Ávalos.

Quedó atrapado entre la designación de familiares y los vacunados estratégicos. Durante un breve tiempo fue la estrella de un gabinete gris e impotente para frenar su propio desgaste. (Daniel Avalos).

La gestión sanitaria de Juan José Esteban, actual ministro de Salud, comenzó con ribetes épicos pero ahora se escribe con letras minúsculas. No es difícil verbalizar lo primero. Asumió cuando lo peor de la pandemia se abría paso en Salta, cuando la gestión de Josefina Medrano se deshilachaba por carecer de algo que pudiera calificarse de logro y sólo echaba mano a un recurso desgastado: la necesidad de convertir a la población en prisionera de un confinamiento. La combinación de esos factores hacían de la provincia un escenario dramático.

Allí hizo su ingreso Esteban. No se había especializado en Harvard como su predecesora, sino que hizo carrera en el sistema de Salud pública. Un sistema cuyo deterioro permanente obliga a quienes trabajan en él a combinar saberes y habilidades con un instinto clarividente de supervivencia que permite que la “cosa” se mantenga en pie sin que los protagonistas de la epopeya sepan muy bien cómo lo logran. Y entonces Esteban asumió. Lo hizo con un diagnóstico certero, objetivos claros y una energía que lo puso a la altura de los acontecimientos a los que fue gobernando según sus ideas y pasiones. Tampoco le faltó coraje. Se movió con una serenidad que en medio del peligro podía resultar hasta insensata, pero que suele ser propia de quienes están seguros de que ganarán sus batallas. En medio del proceso, el virus se cobró la vida del compañero que había asumido con él el desafío de enfrentar a la pandemia: el secretario de Salud, Sergio Humacata, quien falleció un mes después de ser designado en el cargo.

La triste historia y el combate sin cuartel contra el COVID 19 no doblegaba a un ministro que consolidaba su autoridad, unificaba el mando y se mostraba empeñado a despejar el camino para enderezar todo lo que Josefina Medrano había dejado torcido para enfrentar la crisis. Esteban, incluso, empezaba a emanar gloria en cada movimiento y en cada declaración. De allí que algunos no se sorprendieran cuando a inicios del mes de febrero explicitara por los medios un anhelo que no ocultaba en privado: ser candidato a legislador en las próximas elecciones provinciales, aunque pronto la historia experimentaría un brusco cambio.

Ocurrió durante el mismo mes de febrero, luego de que el Boletín Oficial de la provincia publicara (el jueves 18) la designación de la hija del ministro en el sistema de Salud pública. No faltó oportunidad para que una colega del medio le consultara a Esteban al respecto. La explicación que dio fue un alarde frío y propio de los pequeños traficantes de empleos: para asumir la responsabilidad de la guerra contra la pandemia y para compensar la merma de los ingresos privados que debería resignar como funcionario público, acordó que el Estado designe a su hija. Luego se supo que la lista incluía a otras personas: su yerno y su hermana. El quiebre brusco de la historia ya estaba operando. Esteban había dejado de ser esos personajes de Ernest Hemingway que se redimen por el coraje para convertirse en el Artemio Cruz del mexicano Carlos Fuentes, que se muestra dispuesto a las grandes luchas, pero sólo si estas les brindan la oportunidad de quedarse con todo.

El desaguisado de los vacunados VIP que Esteban calificó de “estratégicos” lo mostró igual: argumentos que no promueven la solidaridad ni estimulan la transparencia, pero sí pretenden legalizar el privilegio degradando una vez más a la política. El resultado es obvio: divorcia más a esa política de los miles y miles de héroes anónimos que luchan contra los estragos sanitarios y económicos de la pandemia. No por deporte, tampoco para poner a prueba fuerzas y destrezas, menos para ganar premios o candidaturas; sino, simple y poderosamente, para sobrevivir y no morirse de hambre en el intento. Esteban, en definitiva, devino en un personaje aburrido y triste: lo primero por ser un funcionario más del montón, de esos que no harán historia; lo segundo por evidenciar que la política salteña está torcida y que por ahora no se visualizan ni las formas ni las personas que podrán cambiar eso.

El ministro parece consciente de ello. Uno lo intuye al escucharlo hablar. Ya no lo hace con el tono triunfal de hace unos meses, sino con el tono y los ademanes propios de quien se ve a sí mismo bajo una luz de lástima. Podrá seguir siendo ministro durante un tiempo, pero ya no se parece a un general en campaña sino a un jubilado en derrota que camina al destierro para huir -incluso- de los señalamientos que le hace parte de un gabinete obsesionado en desgastarse a sí mismo.

Fuente: Cuarto

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